lunes, 17 de julio de 2017

O das reconocimiento o tienes un ejército de robots


Comparto mis notas de la charla del coach Joan Quintana sobre reconocimiento, en la entrega de premios de la Fundació Factor Humà, en mayo de este año. Toca temas tan importantes como alejados del contenido de las formaciones técnicas que hasta ahora cursaban los actuales directivos. Evidentemente, este contenido es otro ingrediente de la formación permanente de aquellos profesionales que desean capacidad de liderazgo competitiva y eficaz. 


Para Joan Quintana, el reconocimiento es algo que buscamos en nuestra cultura desde pequeños: la familia, maestros, tutores... luego con las personas que nos dan la oportunidad de trabajar. 

No siempre obtenemos el reconocimiento que esperamos, así que el ponente nos invita a pensar: ¿cuál es el reconocimiento que nos hubiera gustado recibir y no recibimos? en el ámbito personal o profesional. Y ¿cuál es el reconocimiento que sentimos que debemos a alguien y aun no hemos dado?

El reconocimiento es una acción social que se adquiere de la experiencia: reconocemos según nos han reconocido a nosotros. Repetimos esta experiencia. Si tu entorno de origen era exigente y hacer era lo habitual, puedes tener tendencia autoexigente y reconocerás únicamente grandes logros.

Es importante no tener reconocimientos pendientes. Tenemos todo el derecho a reclamar reconocimiento y tenemos la obligación de dar reconocimiento, porque los reconocimientos pendientes bloquean. Se moviliza mucha energía para obtener reconocimiento.

Todos hemos sido referentes en algún momento. Cuando se pregunta ¿qué te hace sentir un referente? las respuestas frecuentes son: seguridad y "me dejan ser yo". Cabe preguntarse, a la hora de liderar o interactuar: ¿transmitimos seguridad? ¿reconozco cuando debo? dos respuestas afirmativas son síntoma propio de las personas referentes.

Un niño no quiere aprender de un profesor que no le gusta. Nadie quiere obedecer a un jefe que no aprecia. De aquí nace el individuo "invisible", el que juega a obedecer. Existen invisibles en las aulas, en las empresas, en las ciudades... barrios enteros están invisibilizados.

Sabemos invisibilizar: los fallecidos en el mediterráneo cada día, empresas, departamentos... 

La invisibilidad es la falta de reconocimiento. Cuando yo no reconozco al otro, lo voy invisibilizando. Esta invisibilización puede ser defensiva: se busca eternizar estudios hasta que la solución aparece sola, el efecto creativo de la tensión...

Nos podemos preguntar: ¿cómo queremos ser vistos? ¿quién debería vernos y no nos está viendo? ¿qué podríamos hacer, que no hacemos, para que nos vea quien queremos que nos vea?. Son preguntas importantes para nuestra estrategia personal y de empresa.

El reconocimiento puede ser el antídoto para que no haya invisibilidad.

La aceptación hace que los demás se sientan aceptados, queridos. Así se consigue algo más que obediencia y subeditación. 

Hoy día muchos profesionales tienen o quieren tener pasión por la empresa o el proyecto que los han asimilado. Este límite de aceptación es importantísimo en las empresas, sobre todo las vinculadas al mundo del conocimiento.

¿Cómo se consigue esta pasión? comunicándonos con las personas. Teniendo delante a la persona con la que queremos comunicarnos: legitimándola. Debemos mirar a las personas. Cada persona tiene fortalezas, debemos buscarlas y reconocerlas. No podemos dar luz desde la oscuridad. Reconoceremos la singularidad, no sólo el talento. 

Las empresas se gastan fortunas para conseguir singularidad pero después se gastan más fortunas para que todas las personas sean iguales, porque no pueden soportar la singularidad. Los talentos, con esta conducta, se van de la empresa o, si hace falta, del país.

Mirar, ver, reconocer y comunicar, actuando con coherencia. 

Hace falta gente que se comprenda que la calidad relacional es lo que garantiza la sostenibilidad. Si no, las empresas tienen perfiles iguales, que saben lo mismo y hacen lo mismo.





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